jueves, 2 de julio de 2015

Carrera de obstáculos

Maternidad Picasso

Maternidad (1901) de Pablo Picasso  (Foto: bebesymas.com). El siguiente relato cuenta en clave de humor algunas vicisitudes que vive una madre, en un entorno hostil hasta en el detalle más insignificante y cómo tiene que batallar con una sociedad consumista y la insolidaridad de muchas personas. 

Empujo el carrito a través de la calle trabajosamente. Es curioso cómo cambia nuestra percepción de las cosas según las circunstancias. Nunca había reparado en la cantidad de obstáculos que debe sortear una madre que quiere pasear con su hijo. Adoquines, resaltos, zanjas, agujeros, excrementos, conductores que te esquivan cuando vas cruzando por el paso de peatones o fuerzan el paso para no parar, fumadores desaprensivos que se deshacen de la colilla ardiente de un capirotazo o sacuden el cigarrillo sin mirar y las plumas de ceniza todavía consumiéndose flotan hasta caer en la cara de tu hijo de cinco meses y no puedes decir nada, porque te ladran.
Reparas en que casi no hay sombra y los árboles raquíticos, que hieden a orín de perro, no atraen más que las moscas. Si tu pequeño llora, porque está molesto, todas las cabezas se vuelven y chasquean los labios, olvidando que ellos también fueron niños o padres o abuelos. No parecen sentirse tan irritados si atruena el ladrido de un perrito faldero, tirando de la correa de su dueño como un pez enganchado en el sedal o si pasa un coche con la ventanilla bajada y la música retumbando, para deleitar a los viandantes con reggaeton o cualquier otra abominación posmoderna.

Estoy desquiciada, lo sé, pero es que apenas he dormido, me duele la cabeza y el paseo o más bien carrera de obstáculos, que pensaba iba a servir para despejarme, me está poniendo de mal humor. La rueda del carro acaba de encallar otra vez en el hueco de una baldosa que se fracturó y no fue repuesta. Mi pequeño cabecea por el contratiempo y arruga la boca para llorar.
—Tienes hambre, ¿verdad?
Le acerco el dedo y me lo agarra con fuerza y se ríe. Luego se lo introduce en la boca y lo rechupetea. Respiro hondo y busco un banco, algún sitio donde sentarme a la sombra. Nada de nada. Avanzo otro poco, pero sigue llorando, cada vez más, se pone rojo de furia y me mira mostrando sus encías desdentadas. Paso por fin a un bar y me siento en una mesa, me saco con naturalidad un pecho y el pequeño se agarra con ansia. Comienza la succión, con un pequeño pinchazo al principio y algo de dolor, atenuado por el placer de tenerlo en mi regazo, como cuando se formaba dentro de mí. Toco su cabecita sedosa y lo arrimo un poco más para que no se suelte. El camarero me está mirando con la boca abierta. Le pido un café. Con leche. Esto último lo recalco bien. Parece mentira que en un mundo donde se cultiva la exhibición del cuerpo en todos los ámbitos y edades, llame la atención una teta lechera. Pero claro, no hablamos de un objeto deseable. Hablamos de un apéndice nutriente, una bolsa entreverada de donde el bebé extrae leche, que pudiéndose comprar para qué te molestas, le falta decir. No son las tetas firmes, casi paranormales, de Kim Kardashian, no son más eróticas que un brick de Pascual, para los estándares de hoy. A pesar de todo, el camarero sigue mirando y se relame. Complejo de Edipo.
Por fin he llegado al centro, voy a buscar algo de ropa para el verano. El calor ha llegado de repente, lo achacan al calentamiento global. Se acabó la primavera. Están de moda los pantaloncitos cortos, los hay tan atrevidos que acabas enseñando la arruga del culo. Las adolescentes los llevan y una se siente un poco acomplejada ante el despliegue de carne firme y músculos. No sé cómo se sentirán los hombres desviando sin querer (o queriendo) la mirada para contemplar patitiesos a las que podrían ser sus hijas o nietas. A pesar de todo, me atrevo a probarme unos.
Dentro de lo que cabe, no me he recuperado mal del parto. Pero las piernas, bueno, prefiero esconderlas. Parecen una acera empedrada, no tienen el aspecto marmóreo de los anuncios ni el de las quinceañeras. Más bien tiene aspecto de hortaliza. O de butifarra. Y a eso súmale las varices, parezco un mapa físico: el Guadiana y sus afluentes. Odio el Photoshop. Siento la tentación de beber tres litros de agua al día, para drenar todo esa inmundicia o ir a la farmacia y hacer acopio de cremas anti-esto y anti-lo-otro. Hay que ver cómo se maneja la industria con tontas como yo, pienso. Al final me llevo el pantalón y una blusa. Pero tendré que olvidar la visita a la farmacia, porque después de abrir el monedero he recordado que ya no tengo trabajo.
Así fue. Como muchas madres, tuve que elegir. Dieciséis semanas no dan para mucho. Y unos días antes de incorporarme, lancé la bomba:
—Quiero una reducción de jornada—Mis jefes se miraron tratando de no descojonarse. Luego me soltaron ese discurso que tenían preparado:
—Somos una pequeña empresa, no podemos permitírnoslo. Conciliar la vida familiar y laboral es imposible en España, me parece muy valiente que quieras dedicarte en exclusiva a tu hijo, ¿no tienes a nadie que se quede con él?
—Repito, trabajo de nueve a ocho, quiero ver a mi hijo para algo más que darle las buenas noches.
— ¿Y una guardería?
— Se llevaría un tercio de mi sueldo, eso la más barata.
—Claro. Lo sentimos mucho. Pásate dentro de dos semanas a por los papeles.
Y probablemente lo sientan, de verdad. Así que desde hace un mes estoy en paro y me dedico a mi hijo, lo que me censuran otras mujeres de mi entorno, que piensan que me abandono a ser ama de casa.
—Tú, a lo cómodo.
Regreso empujando el carrito, sorteando nuevos obstáculos de vuelta y me topo con una de mis antiguas compañeras de trabajo. Intento esquivarla, pero es tarde: me ha visto.
—Vaya, qué gordito está.
—A que sí.
— ¿Le das sólo pecho? —Esto último lo dice mirando mis pequeñas manzanas, mientras se masajea las suyas, supongo que comparando.
—Claro.
—Nadie lo diría.
—Más vale calidad que cantidad.
—Ya. Y bien, ¿qué tal se vive sin trabajar?
Por fin ha soltado el dardo. Hay personas con las que entablar una conversación se convierte casi en un duelo. No son capaces de hablar sin ofender, como si fueran buscando camorra verbal o padecieran algún tipo de trastorno sádico, que les proporcionara placer lacerando a los más indefensos, haciendo mella en los puntos débiles de los demás, que parecen detectar como un perro adiestrado localiza las trufas bajo tierra. Así que no sé como tomarlo, ni qué decir.
—Tiene su parte buena y mala. Ahora tendremos que ajustar gastos en casa, pero puedo pasar más tiempo con los dos—respondo al fin.
—Ya te hartarás.  Además, no te quejes que tu marido es funcionario.
Ahora me priva de mi derecho a quejarme, algo tan esencial y obvio en España que los padres de la Constitución decidieron no incluirlo en el título primero para no caer en una perogrullada. Trato de desembarazarme de ella, pero parece que extrae infinito placer en picarme. Toquetea al niño y frunce el ceño.
—Tiene todavía costra láctea. Vaselina, dale vaselina.
—Ya, ya.
—Vaya madre estás hecha, llevar al niño así.
Antiguamente estoy segura que esto no pasaba. La gente se cuidaba de decir ciertas cosas, porque con poco se cogían de los pelos o brillaban las navajas. Pero en nuestro civilizado mundo, una traga y traga. También existe la opción de perder el tiempo en conversaciones interminables, absurdas, algo que se resolvería en dos segundos con un guantazo. Me dicen que soy muy poco asertiva. Eso será. Opto por retirarme y tragar. Tomaré sal de frutas después de comer.

6 comentarios:

  1. Veo que tienes talento para crear desde lo sencillo. Muy buena narración Una voz narrativa en primera persona y en la piel de una mujer; Repito, muy bueno. Espero la segunda parte.
    Un saludo y comparto

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    1. Gracias por tu comentario Marybel. La segunda parte ya se está cocinando, fuentes de inspiración no me faltan. Un saludo.

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    1. Me alegro que te haya gustado, gracias por tu comentario Herodion.

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  3. Me llama la atención que esta entrada no tenga casi comentarios, quizas porque es antigua?.Me siento identificada con esta entrada, no por la situación concreta sino porque me sucede que la vida cotidiana, me "inspira" a escribir ya que me parece que vivimos en un mundo totalmente surrealista.

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    1. El día a día es un buen caladero de historias, solo hace falta tener los ojos bien abiertos. Creo que es imposible crear de la nada, toda obra de ficción se sustenta en lo que uno ha visto, le han contado o ha leído. Gracias otra vez por leerme, Pura. Pronto me pondré al día con la blogosfera. Abrazos.

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